14 abr. 2011

19 locuras

Las lucecitas parpadeantes se reflejaban en su cara, iluminando algunas zonas y escondiendo tantas otras. Había llegado el momento, cuando las voces se apagaron inspiró profundamente, hinchando todo lo que pudo sus pulmones, y sopló.
Como cada año pensó en su familia. Pidió por su hermano, porque lo que pensaran los demás de las apariencias dejara de hacerle daño, y, la PRIMERA vela azul se rindió a la ráfaga de aire.
Pensó en su madre, con la que tenía más roces que caricias y pidió que mejorase la relación con ella en forma del soplido que apagó la SEGUNDA vela.
La TERCERA vela se fue en su padre, con el que no solía compartir la mayoría de sus pensamientos, pidiendo que este año pudieran llevarse no solo más, sino mejor.
El fuego llameante de la CUARTA bailaba desafiante sin temor de enfrentarse a la fuerza del viento, pero cayó también bajo el recuerdo de todas sus amigos, los del día a día y los del corazón, con los que compartía pequeños momentos y con los que compartía mundos enteros.
Sin embargo, quiso pedir por algunos en especial, y sopló la QUINTA pensando en la pequeña de los pies grandes, que negaba estar enamorada. La SEXTA cayó pensando en aquella que había sido la más grande, la más en sí misma, la que nunca dejó de darle significado al complejo concepto de amistad. La SÉPTIMA y la OCTAVA se fueron con el recuerdo de una rubia y una morena especializadas en sacar sonrisas que no eran parcas en buenos consejos. La NOVENA se apagó pensando en la que, a pesar del cambio de carrera, no se quedaría allí, sino que, de una forma u otra, se la llevaría con ella, pues falto anda el mundo de la gente que no quiere dejar de sonreír.
Con la mitad de la tarta apagada y la otra mitad expectante la chica volvió a tomar aire.
Se apagó la DÉCIMA vela con el recuerdo de la compañera de día a día, de músicas y películas a la que bien podía llamar amiga.
La ONCEAVA se apagó pensando en su familia.
Y allí estaba la vela número DOCE, rosa, como el color que gustaba de ponerse en sus uñas aún con 70 años, y la sopló pensando en su abuela, pidiendo, que, estuviera donde estuviese, no olvidara a su nieta.
Amarilla y temerosa se asomó la vela TRECE, fiel imagen de la más perfecta representación de un alma gemela, de un ente complementario…sí, a pesar de jamás haber sentido su tacto, a pesar de jamás haber olido su aroma…porque para quererle no era necesario ningún sentido.
La vela número CATORCE evocó el recuerdo de paseos, ilusiones y “te quieros”…antes tan llena y ahora tan…tan…que la sopló deprisa, tratando de no pensar.
Más alegre se fijo en la QUINCEAVA vela, que brillaba con fuerza, más que con fuerza con pasión, robando todo el oxígeno que podía consumir. Hermosa y autodestructiva fue soplada con la felicidad producida por el nuevo ritmo que marcaba mi vida, de cada nuevo compás que había introducido en mi canción, de cada frase, de cada cita de Wilde o idea filosófica, de tintas y plumas.
Con la DIECISEIS no se detuvo, solo pidió entrar a la carrera que tanto y tanto se le resistía.
La DIECISIETE fue vencida por el peso del soplido que pedía madurez, paciencia, constancia, que quería crecer pero no perder su lado infantil, pues le horrorizaba la idea de verse como una adulta de la noche a la mañana.
Quedaban dos…Rogando más libertad, pidiendo poder disfrutar su vida, sopló la DIECIOCHO.
Y por fin, la última, la DIECINUEVE, que la sopló pensando en ella. Ponte leggins.

Foxglove


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