9 may. 2011

Rápida y furiosa

Las luces se atenuaron dejando la sala inmersa en la oscuridad unos escasos segundos antes de que la gigantesca pantalla bañara de luz la estancia de nuevo.

  En las primeras filas alborotadores chiquillos ríen y se lanzan palomitas. Disfrutando, más que de la película, de aquel lugar en el que pueden escapar de la atenta mirada de sus padres permitiéndoles ser ellos mismos. Libres…ligeros…molestando sin malicia con comentarios obscenos, para después ser reprendidos por algún acomodador cubierto de acné.

  Unas filas más atrás, un matrimonio trata de seguir la trama de la película. Como cada viernes acuden al cine a ver los últimos estrenos y así tener algo de lo que poder hablar al llegar a casa. Sus manos no se rozan, sus ojos no se miran…condenados a estar separados por el vacío de un amor que nunca ha existido.

  Aprovechando una escena de acción, una pareja de quinceañeros se mete al aseo masculino. Él la sienta en el lavabo y comienza a besarla con ternura, la misma con la que besaría al día siguiente a la mejor amiga de su novia. La chica, como tantas otras veces antes, acostumbrada a lo que ya es para ella una rutina, se baja las bragas y se deja hacer. Una nueva vida se engendra en la sala, vida que será poco después extirpada en alguna clínica de Lavapies.

  En el lado derecho de la sala un grupo de ancianas se pasan un paquete de pañuelos de papel para secarse las lágrimas que nublan sus ojos o corren ya por sus apergaminadas mejillas. Todas se han conmovido con la historia. Fieles seguidoras de la trama recuerdan vivencias pasadas, sentimientos ya consumidos que vuelven a salir a flote gracias a la interpretación de la protagonista.

  Ya casi al fondo de la sala, una pareja que ronda la veintena susurra de vez en cuando entre escena y escena. Un beso, se escapa…dos…tres. En un instante él desliza el tirante de su vestido por su hombro…y ella, temblando por dentro, le pide, muda, que le haga ser valiente de nuevo, que haga que vuelva a confiar en sí misma y en el mundo, que vuelva a querer. Pero de sus labios no se escucha su ruego, pues no puede expresarlo con palabras, solo refugiarse en su miedo. Tímida, se limita a subirse el tirante y a ver el final de la película.

Las luces se encienden indicando el final de la película. La sala, poco a poco, se vacía, quedando únicamente como testigo de la sesión de las seis y media unas braguitas rosas debajo del lavabo masculino.

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