30 ago. 2011

Esa clase de magia que solo funciona en verano

Los sonidos rebotaban sin cesar por la cúpula de la iglesia jugando traviesamente a colarse entre travesaños y pilares, chocando contra vidrieras de más de cuatro siglos de antigüedad. Si pudiéramos grabarlos y luego separar unos de otros podríamos oir conversaciones de hace miles de años, quizás intrigas, quizás traiciones...pero, en aquel momento, en esa mañana lluviosa de un día cualquiera en Amsterdam a finales de agosto, la iglesia callaba, esperando. Por fin su paciencia se vió recompensada, una chica se sentó con su hermano en uno de los bancos del final, respetuosa ante la orden de silencio que imperaba recientemente en el templo. No sabía que estaba siendo observada, que cada centímetro de su indumentaria, cabello y complexión estaba pasando por un minucioso examen. ¿El resultado? Italiana. El anónimo mirón se acercó a la pareja y se sentó en la otra punta del banco, decidido a romper el voto de silencio. La chica, sorprendida al principio, complacida después, le sacó de su error, no era italiana, era española.
Si pudiéramos grabar los sonidos y luego separar unos de otros podríamos oir conversaciones de hace miles de años, pero por mucho que buscáramos no encontraríamos conversación más especial que aquella. El murmullo de las voces dictando los teléfonos ascendió hasta chocar contra una pintura de la Anunciación de María. La despedida, en cambio, terminó perdiéndose en los oídos del otro.


La ciudad, decidida a vengarse por la ruptura del silencio de su iglesia favorita movió sus edificios para que no pudieran encontrarse. Sin embargo eso no fue suficiente para que el chico no saliera en su busca. Ni la mayor tormenta del verano le hizo cambiar de idea. Aún con la lluvia torrencial resbalando por su cara seguía buscando aquel museo perdido, haciendo honor a todos los tópicos y clichés de lo románticos que son los italianos. Su constancia se vió recompensada, allí estaba ella, bajo la puerta decorada con las letras "I AMsterdam". Sin necesidad de usar las palabras le miró y supo que debía hacer. La lluvia la recibió con dureza, empapando su pelo mientras caminaba hacia él. La ropa se le pegaba y comenzó a sentir frío, pero estaba anclada en sus ojos avellana, que la atraían sin remedio. Consumiendo rápidamente los últimos centímetros que les separaban alzó la cara y le besó.


El olor de tabaco y D&G pour Homme en las sábanas del hotel fue el trofeo de victoria frente a la batalla contra Amsterdam.


Si bien es cierto que luego la ciudad cumplió su venganza mandando a cada uno a una punta de Europa la chica solo podía pensar que era verdad lo que decían los libros...los italianos son los mejores amantes.

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